mostrador de los ungüentos-. No espero la vuelta por no seguir ni un minuto más entre ladrones. ¡Ni Fra Diávolo, que al menos se jugaba la vida!... ¿ Alguien reclama? -Oiga, caballero... --empieza el maestro. Pero se calla al ver al viejo echar mano al bolsillo con ademán resuelto. -¡Dejele, jefe! -susurra un relamido joven con batín verde. Hay un largo silencio en torno al viejo inmóvil, centro