se decidían a hacerlo, qué bien hablaba el abuelo. Después León Alberto leyó un poema muy raro y el abuelo recitó otro a la memoria de un torero que murió en el ruedo. El profesor no cesó de elogiarle, afirmó que era una elegía excelente, henchida de sentimiento, que era, aunque desconocida por el público, uno de los textos claves del veintisiete ( ¿del veintisiete dijo, o del treinta y siete?, Miguel no estaba seguro)